Una historia de Voluntariado

Llevaba varios años aprendiendo técnicas de relajación que ya formaban parte importante de mi vida y por eso, cuando la fundación en la que las realizaba me propuso ser voluntaria y enseñarlas dije sí rotundamente sin pensar en quiénes serían mis alumnos. La fuerza y seguridad se me fueron de inmediato cuando unos días después se me indicó que estaba en el grupo de voluntarios de cárceles. ¡Glups! No sé si estoy preparada.

Recuerdo perfectamente el primer día en la prisión. Entregar el DNI y la autorización en el control, la mirada seria y rígida del funcionario de prisiones, elevarse la primera barrera… ya estábamos dentro.
Pasamos por el detector de metales y recorrimos en silencio varios controles y pasillos acompañados por un funcionario. De vez en cuando nos cruzábamos con alguien, como tú y como yo, pero el funcionario nos explicó que eran reclusos, pues de lo contrario llevarían uniforme.

 

- Tú no tendrás problema en salir – me dijo – porque aquí solo hay hombres.

- Me tranquiliza – pensé nada tranquila.

 

Cuando entré en la sala donde nos esperaban los internos me encontré con 30 reclusos sentaditos en unas sillas de aula. Dios mío! Y yo pequeñita y voluntaria, qué iba a enseñarles?
Así que decidí romper la estructura de la clase y sentarnos todos en círculo, donde no había ni profes ni alumnos. Con voz temblorosa tomé aliento y… abrí mi corazón. Simplemente me presenté. Nos presentamos todos: Javi, Pedro, Tomás…Nombres, personas.

Fue uno de los días más bonitos de mi vida.

Día que se prolongó durante 5 años que fueron los que me mantuve como voluntaria la tarde de dos sábados al mes.

 

Nombres, personas, amigos.

Existen miles de voluntariados, infinitas formas de ayudar, pero todas tienen en común una cosa. Recibes infinitamente más de lo que das. Es así, una ley de la naturaleza.
Cada dos sábados durante 5 años he de decir que aunque con muy buena intención, he ido a un lugar con el ego subido (aunque no era consciente) porque iba a ofrecer, y sin embargo, siempre siempre he salido de ese lugar con el corazón desbordado y los ojos conteniendo las lágrimas de la emoción por lo que me llevaba de regalo.

Como me dijo un compañero: el secreto del taller que impartimos en la prisión no son nuestras técnicas de relajación ni nuestros masajes, sino el interés “desinteresado” que ponemos en ellos. El amor desinteresado en unas personas a quienes nunca preguntamos qué hicieron ni las juzgamos por ello.
No las justificamos,Tampoco les excusamos por su vida marginal previa de barrios humildes, muy seguramente estaban donde tenían que estar.
Pero tampoco las juzgamos.

Berta López, Coordinación LINCECI España