Esto es lo que mis amigos me enseñaron

En mi vida he tenido algunos muy buenos amigos. Gente con la que me gusta pasar mi tiempo y sumergirme desde la amistad en un mundo de aprendizaje y conocimiento. Con ellos los momentos de dolor son más amenos, divertidos incluso al compartirlos con ellos y reírnos de nuestras penas. Con ellos he avanzado.

Mis amigos son gente buena, comprometida con ellos y con el mundo. Recuerdo que muchos de ellos buscaban servir a la sociedad y se formaban en disciplinas y terapias enfocadas al planeta y sus habitantes. Yo admiraba esa disposición y buscaba dentro de mí esperando tenerla también. Por supuesto que deseaba el bien para todos pero no encontraba en mi pecho una necesidad acérrima de necesitar la felicidad de los demás. Por mucho que rebuscaba, en lo más profundo de mi corazón lo que latía de verdad era la necesidad de encontrar mi bienestar. Lo que yo buscaba era mi propia felicidad.

 

Al principio me sentí egoísta por pensar en mí con prioridad, después me sentí inferior a mis amigos por no tener ese grado de altruismo desbordado. Finalmente lo acepté. Primero me arreglaba yo y después… ya veríamos.

Y eso hice, me dediqué a mí, a mí y a mí. Todas y cada una de las acciones que realizaba tenían como destino mi propio bienestar hasta el punto de que mi felicidad fue la brújula por la que me guiaba y tomaba decisiones.
Así, empecé a hacer las cosas solo porque me apetecían, no porque debiera hacerlo o por quedar bien. Me costó más de un problema familiar y en mi círculo de amistades, que no compartían mi nueva percepción y que me recriminaban que el amor y la amistad tienen una parte de sacrificio y sufrimiento.
Pero decidí seguir experimentando en el egoísmo y continué priorizándome por encima de todo y de todos.

Cuando quedaba con alguien era porque deseaba verle, charlar y reir, o llorar, o lo que fuera, pero lo deseaba desde el corazón. Si hacía algún regalo y gustaba: fenomenal, que no gustaba: pues bien también porque estaba lleno de amor. Ya lo descambiaría con una sonrisa por algo que le gustase más.

 

Y por esa misma razón empecé a no esperar nada a cambio. Si proponía un cine y nadie se apuntaba o algún amigo prefería quedar con otra persona antes que conmigo, no importaba, yo hubiera hecho lo mismo si tampoco me hubiera apetecido. Y descubrí que esa era la verdadera amistad.
Descubrí que iba a ver a mis abuelos porque les amaba, no porque tuviera que hacerlo. No iba todos los sábados como cuando “tenía” que hacerlo, pero cuando lo hacía, esas visitas eran tan bellas que mi capacidad de amar se desbordaba. Y curiosamente, a ellos parecía pasarle lo mismo a juzgar por la cantidad de amor que yo recibía de ellos.

Supongo que es un ejemplo de Calidad Vs Cantidad que muy bien podría ser utilizado en un anuncio.
Me di cuenta de lo que quería a esos dos ancianos tan llenos de sabiduría donde cada momento con ellos era mágico.
Y después ocurrió una cosa estupenda, empecé a ir todos los sábados como hacía antes de ser liberada por mis “deberes” pero esta vez con alegría 100%. Y completamente libre.

 

Con el tiempo comprobé que aunque me gustaba dedicarme, gran parte de mis mejores momentos ocurrían estando en buena compañía, ofreciendo feliz, recibiendo, compartiendo.
Mi objetivo en la vida seguía siendo cuidarme, pero me di cuenta de que mi felicidad necesitaba tanto de volar libre como de unos maravillosos cimientos llamados personas.
Comprendí que para ser feliz debían estar los demás, y debían estar bien. Mi felicidad se alcanzaba con la felicidad de otros. Y no solo los más próximos, por supuesto. También el vecino, el tendero y las personas al otro lado del océano. Su felicidad colmaba las reservas de la mía.

Se trata de una rueda donde, desde la libertad, todos nos retroalimentemos con el bienestar que emana libremente de los demás, que se nutre a su vez de nuestro propio bienestar que emanamos con una sonrisa alegre. Una fabulosa simbiosis donde la vida genera vida y el bienestar genera bienestar.

Donde uno es tan egoísta que lo que da al mundo es porque le sobra y se ofrece sin esperar nada a cambio, luego es un regalo a la vida que siempre suma.

Anónimo, Equipo LINCECI